Algo tan ligero que sólo podía notarse con el roce de los dedos, pero tan fortificante, tan intenso, tan amoroso en forma de apretar los dedos y en la proximidad estrecha de la palma y de la muñeca, como si una corriente ascendiera por su brazo y le llenase todo el cuerpo con el penoso vacío del deseo.
Ernest Hemingway
en Por quién doblan las campanas