… la veía de perfil, sudorosa en el frío, como escuchando y con miedo a oír, como concentrada en el sabor del labio que sujetaba con los dientes. Estaba fea, despeinada y amarilla; pero Larsen la sentía más temible que nunca, secreta, intangible.
Juan Carlos Onetti en El Astillero
Una noche y otra, temeroso siempre al empezar, tranquilizándose después porque ella hacía ostensible su paciencia, porque ella le permitía creer que su silencio, que su oreja cubierta, pero no del todo por el pelo, y el discutible extremo de sonrisa, no eran otra cosa que los elementos con que armaba una turbia, apaciguada coquetería.
Juan Carlos Onetti en El Astillero
… aceptaba ser dueño del silencio y lo dejaba extenderse
Juan Carlos Onetti en El Astillero
«Es el miedo.» Pero ya no le preocupaba; era como el dolor suave, conocido y compañero de una enfermedad crónica, de la que uno en realidad no va a morir, porque ya sólo es posible morir con ella.
Juan Carlos Onetti en El Astillero
… la rídicula, infantil abundancia de llaves que simbolizaban importancia, dominio y posesión.
Juan Carlos Onetti en El Astillero
No hay sorpresas en la vida, usted sabe. Todo lo que nos sorprende es justamente aquello que confirma el sentido de la vida. Pero nos educaron mal, exigimos ser mal educados.
Juan Carlos Onetti en El Astillero
Una madre, una amiga desvanecida, una sonrisa que se había inclinado sobre su almohada —o la blancura efímera de cualquier adiós— sobre la cara más suya, más pura, un poco más joven que imaginaba tener dormido.
Juan Carlos Onetti en El Astillero
Nos quedamos sin vino, hasta la noche —dijo Kunz—. ¿Quiere caña? Hay unas cuantas botellas; es tan mala que nunca termina.
Juan Carlos Onetti en El Astillero
Una cosa y otra y otra cosa, ajenas, sin que importe que salga bien o mal, sin que no importe que quieren decir. Siempre fue así; es mejor que tocar madera o hacerse bendecir; cuando la desgracia se entera de que es inútil, empieza a secarse, se desprende y cae.
Juan Carlos Onetti en El Astillero
Para que me recuerde —dijo Larsen, sin acercarse—; para que la abra y mire en el espejo esos ojos, esa boca. Puede ser que entienda, mirándose, que no es posible vivir sin usted.
Juan Carlos Onetti en El Astillero