Durante mucho tiempo pensé que era un historia muy triste. No es que ahora piense que es alegre. Pero si pienso que es verdadera y que por eso la cuestión de si es triste o alegre carece de importancia.
El intercambio de saludos y cintas se había hecho tan normal y familiar, y Hanna se había convertido tan libremente en alguien cercano y al mismo tiempo distante, que no me habría importado que continuara así para siempre. Era una actitud cómoda y egoísta, lo sé.
Hanna se convertía en la entiidad para la que ponía en juego todas mis fuerzas, toda mi creatividad, toda mi fantasía crítica.
Pero el que huye no sólo se marcha de un lugar, sino que llega a otro. Y el pasado al que llegué a través de mis estudios era tan vivido como el presente. No es cierto, como pueden pensar quizá los que ven el asunto desde fuera, que ante el pasado tengamos que limitarnos a observar.
Nunca conseguí dejar de comparar lo que sentía cuando estaba con Gertrud con lo que sentía junto a Hanna, y una y otra vez, cuando andábamos cogidos del brazo, me asaltaba la sensación de que algo fallaba, concretamente en ella: no tenía el tacto ni las vibraciones adecuadas, ni el olor ni el sabor adecuados.
No sólo la había querido, sino que la había escogido.
Podría decir simplemente que me parecía bien, y eso si sonaría a moral y responsabilidad. Pero no era cierto; aquello me producía una simple sensación de alivio y nada más. -¿Agradable? -me propuso mi padre. Asentí con la cabeza al tiempo que me encogía de hombros. -No, tu problema no tiene ninguna solución agradable.
¿Es ése nuestro destino: enmudecer presa del espanto, la vergüenza y al culpabilidad? ¿Con qué fin? No es que hubiera perdido el entusiasmo por revisar y esclarecer con el que había tomado parte en el seminario y en el juicio; sólo me pregunto si las cosas debían ser así: unos pocos condenados y castigados, y nosotros, la generación siguiente, enmudecida por el espanto, la vergüenza y la culpabilidad.
No olvidé a Hanna, desde luego, pero en algún momento su recuerdo dejó de acompañarme a todas partes. Quedo atrás, como queda atrás una ciudad cuando el tren sigue su marcha.
Lo que le falta no son fuerzas, sino inteligencia.